PUNTA ARENAS - 2011

PUNTA ARENAS - 2011

martes, 1 de agosto de 2006


FUNDOS CHILENOS.

La foto corresponde al fundo "La Aguada", cercano a Cauquenes, y fue tomada en 1973. No tiene nada que ver con el fundo "Los Laureles", cercano a Licantén, pero sirve para ilustrar el cuento que viene a continuación, ambientado a fines del siglo XIX. Pudo haber sido el comienzo de una saga, pero sólo llegó hasta ahí.

LA HAZAÑA

1960
Academia Literaria Primer Ciclo

Don Ramiro Domínguez hacía ya cinco años que era propietario del fundo “Los Laureles”. Gracias a su constante trabajo y con la ayuda de Ramón, su hijo mayor, había reunido bastante dinero y había comprado el fundo vecino, el de las Majadillas. Pero ya no se llamaba así, había pasado a formar parte del fundo “Los Laureles”. Don Ramiro, con el producto del fundo, había reunido una pequeña fortuna, que escondía detrás de una piedra movible de la chiminea (sic).
Un día cualquiera, y a una hora del mediodía, se dispuso a sacar algo de dinero para comprar una vacas que iban a rematar esa tarde en el remate anual. Cuidadosamente sacó la piedra, luego el paquete. Sacó doscientos mil pesos y luego guardó el paquete y volvió a colocar la piedra. Puso el dinero en su billetera y se alejó, muy confiado, pues creía que nadie lo había visto en su delicada operación.
Pero no era así. Una de las empleadas, que estaba detrás de la cortina que separaba el salón del comedor, lo había visto todo. Sus ojos habían brillado de codicia. Su esposo, uno de los inquilinos, era de muy dudosa honradez, pues varias veces se le había sorprendido tratando de robar herramientas, y aunque él lo negaba, don Ramiro había quedado dudoso. En verdad era un ladrón conocido más al norte, Fígaro Cortés, y que por desgracia no habían llegado noticias de él a Licantén. Su única debilidad era que gustaba mucho de los niños y esto fue lo que lo hizo fracasar. Felipe, hijo de don Ramiro, que al llegar al fundo era todavía una guagua, ahora contaba con seis años cumplidos. Era moreno, alto para su edad y sus ojos color castaño demostraban una inteligencia propia de un niño mayor.
Generalmente Fígaro le daba unos dulces que hacía su mujer. Ese día como todos los otros, fue Felipe a su casa. Andaba con ánimo de hacer travesuras, y entró sigilosamente para darle un susto. Al no encontrar a nadie en la casa, se sentó a esperarle. A los cinco minutos, Felipe vio por la ventana que se acercaba con su mujer y se escondió debajo de la cama. Vio que se abría la puerta y entraron dos pares de pies. Venían conversando casi en un susurro, como temiendo ser oídos.
- Y eran re hartos, como dos millones – decía ella.
- ¿Y donde estaban?
- En la chiminea, se saca una piedra y en un hoyito están.
- ¿Bueno, y está don Ramiro en la casa?
- No, fue a un remate que hay en Licantén.
- Bueno, ándate pa’ allá a atender a doña Pamela, ¿Qué no está enferma? Esta noche voy a ir. Ahora tengo que ir a trabajar en los regadíos.
Felipe comprendió que querían el dinero de su padre. Pensó que si lo descubrían de seguro que lo matarían.
Vio que los pies de la mujer se iban por la puerta.
Notó que las ojotas de Fígaro estaban a su lado, y cuando iba a trabajar en los regadíos generalmente las llevaba puestas. Mientras Fígaro se sacaba los zapatos, felipe se corrió lentamente más hacia el fondo. Al topar su zapato con la muralla, produjo un ruido casi inaudible. A Felipe le llegó el corazón a la boca. Por suerte para él, Fígaro no lo oyó y tranquilamente terminó de sacarse los zapatos. Se agachó, y con la vista puesta en las ojotas, las sacó mientras Felipe contenía la respiración. Cuando las hubo sacado, éste suspiró aliviado. Por un momento pensó que Fígaro había oído el suspiro, pero vio que las ojotas con los pies encima se alejaban por la puerta y ésta se cerraba tras ellas.
Pasaron cinco…, diez minutos antes que Felipe saliera. Lo hizo cautelosamente. Abrió la puerta y echó a correr hasta donde se encontraba Ramón, su hermano. Mientras corría, tropezaba a cada rato. Al pasar al lado de un charco, resbaló y cayó de bruces dentro de éste. Se levantó desesperado, con la cara enlodada y chorreando agua. Para acortar camino trepó sobre una reja y siguió corriendo por el potrero, que al parecer estaba vacío. Pero detrás de unas zarzamoras salió un toro bravo, que echando espuma por las narices y el hocico, echó a correr en pos de Felipe. Éste, al verlo comenzó a subir a un árbol que por fortuna estaba ahí cerca. Trepó a una rama alta y ahí esperó que se fuera el toro. Pero el toro tranquilamente comenzó a rondar el árbol, mugiendo. Después de un rato se echó a su sombra. Pasaron dos horas y Felipe estaba cada vez más desesperado. Pensaba en su padre, ¿qué haría sin el dinero? Ya era la hora del crepúsculo. Seguramente su hermano ya se había ido a buscar a su padre en la carreta vieja. Quizá Fígaro ya estuviera en su casa, robando.
Comenzó a correr un airecillo frío. Felipe estornudó. El toro, inquieto, mugió y se levantó. Caminó hacia las zarzamoras y desapareció tras ellas. Felipe, temeroso, esperó un rato, y después de algunos minutos bajó del árbol. Ya estaba completamente obscuro (sic) cuando pasó el portón. Corrió hacia la casa. Al llegar, miró por la ventana del salón. No había nadie. Empujó la puerta y entró. Miró hacia el cuarto de su madre: dormía. La empleada ya se había ido. Había que hacer algo. Éste era el único día del año en que salía Don Ramiro, y a Fígaro se le ocurría entrar a robar. De pronto, tuvo una idea. Fue a la cocina y trajo tarros, ollas, cacerolas, cucharas y otros utensilios de cocina. Cuando había terminado con esta faena, miró por la ventana. Justo a tiempo. A lo lejos se veía, a la luz de la luna, la silueta de un hombre que se acercaba. Rápidamente encendió todas las lámparas de parafina. Tomó algunas cucharas y comenzó a golpear las ollas.
Fígaro se detuvo al oír tal ruido, y pensó:
- Parece que hay fiesta donde el patrón, y esta huasa me dijo que no había naiden.
Felipe vio por la ventana que daba media vuelta y se alejaba.
Suspiró aliviado. Había salvado la fortuna de su padre. Seguramente lo considerarían como un héroe, le darían alguna medalla. Hasta a lo mejor le comprarían caballo para él sólo. Mientras decía esto, seguía golpeando tarros, cacerolas, distraídamente. De pronto oyó a su madre desde el cuarto vecino.
- Felipe, ¿eres tú?
- Sí amá,- dijo.
- Ven pa cá. ¿qué estai haciendo?
Felipe entró al cuarto echando pecho, orgullosamente.
- Estaba asustando a Fígaro, que venía a robar.
-Mira como andai, todo mojado, y con el frío que hace. Too sucio, también, y diciendo mentiras. Mire que Fígaro iba a venir a robar.

2 comentarios:

PapaMono dijo...

Qué placer pillarte Matías:
veo que a algunos aún nos queda tiempo para divagar, (sobretodo ahora que las papas no se están dando)...
Preciosas las fotos y los articulos. Ya te leí en la Rev Chil. de Pediatría y me alegré de tus disquisiciones.
si me permites te linkeo a mi blog.
cariños Carlos.
te cuento que ayer me encontré con Miguel insulza (el rey de Codelco-Los Andes) en un funeral...

matvi dijo...

¡Qué bueno restablecer contacto con los buenos amigos!
Por supuesto, mientras más me linkeen mejor.
Nos estaremos leyendo.
Un gran abrazo,
Matías

HAZ CLIC SOBRE LAS IMÁGENES PARA AGRANDARLAS.