PUNTA ARENAS - 2011

PUNTA ARENAS - 2011

lunes, 16 de abril de 2007

LA LIEBRE.

1964
(Academia Literaria, asesor Roque Esteban Scarpa).

¡Ahí viene la Einstein!, dice una inocente voz. Treinta o cuarenta personas, que por coincidencia también se dirigen a Vitacura, se atropellan con la lejana esperanza de ser favorecidas en la ruleta de la movilización santiaguina. Unas atropellan porque son damas, y claro, su ley es la de las damas primero. Los caballeros se basan en la ley del más fuerte, que en estos casos tiene sus excepciones.
Ya experimentado en estos asuntos, me instalo media cuadra más allá del paradero obligatorio de este tipo de vehículos. Como ya lo tenía calculado, le liebre, después de zigzaguear entre las personas que levantan sus índices en forma enérgica tratando de hacerla detener, lo hace justo delante de mí. Se baja una señora gorda en forma dificultosa. Tropiezo una vez, recojo los libros y me subo justo a tiempo. En ese momento llega a la puerta del aparato un verdadero tropel de personas, que tratan de entrar todas al mismo tiempo.
No hay más, dice el conductor con voz lacónica y aburrida, mientras me pasa el boleto con desgano. Ni las súplicas ni las miradas furiosas que me lanzan las veteranas logran doblegar su voluntad inflexible.
Mientras corremos con velocidades vertiginosas, esquivando automóviles, peatones y luces rojas, me dedico a mirar a mi alrededor. Fijo mi vista en los anuncios: Capacidad máxima 17 asientos. No se admiten pasajeros de pie. Calculo treinta personas, de las cuales unas veinte van sentadas; Prohibido fumar, dice otro. El señor chofer aspira un Cabaña corriente con cara de placer.
De pronto, entre caras de viejas y de viejos aburridos, de escolares y carabineros sentados, veo en el último asiento una juvenil cara de niña. Su pelo moreno y sus ojos de chispeante carbón parecen invitarme a correrme por el pasillo. Poco a poco y con no poco esfuerzo logro avanzar hasta obtener una vista más panorámica. Logro así advertir que en ese asiento, calculado para cuatro, van cinco personas incómodamente sentadas. Entre ellas conversa animadamente, de vez en cuando mostrando dos blancas hileras de dientes, la visión morena. Ojalá me mordiera, pienso.
En ese momento advierto que se levanta para bajarse el señor que va entre ella y su mamá (me he dado cuenta del parentesco, sencillamente porque al hablarle le dice “mamá”).
Siéntese no más, joven, me dice la señora, indicándome el minúsculo pedazo de asiento vacío ente ella y su hijita.
No se moleste, señora.
Siéntese, si usted es flaquito.
Gracias, pero le advierto que no soy tan flaquito. Me instalo en la orilla del asiento con una sonrisa cínica.
Échese para atrás, no más. Obedezco. ¿No ve que cabemos todos?
Madre e hija siguen con su conversación, al parecer sin importarles mi presencia entre las dos. Mientras en mi oído derecho resuenan como música las palabras de la niña, la voz de su madre se encarga de desafinarlas en mi tímpano izquierdo. No sé de qué hablan, ni me importa. Sólo me fijo en esa cara linda y suave que se acerca peligrosamente a la mía en su afán de hablar con su madre. Cada vez está más próxima, hasta el punto de que su pelo me cosquillea en la nariz, produciéndome deseos de estornudar. No sé cómo logro contenerme. Sus manos revolotean, se estiran, se encogen y vuelven a revolotear delante de mí.
La liebre toma la curva para entrar en la calle en que vivo, y ella, sorprendida por la maniobra, se apoya en mí. Pero el sueño tenía que terminar, a pesar de que había durado lo bastante como para ponerme turnio por un par de horas más. Se acerca mi paradero, y mentalmente le digo adiós.
Me bajo, y veo al alejarse el vehículo, que otro suertudo ha tomado mi lugar. Me acerco al quiosco de la esquina.
¿Tiene Gol y Gol?
Sí, señor.
Busco mi billetera, y no la encuentro en el bolsillo en que acostumbro llevarla. Tampoco está en los otros. Miro hacia la calle por la cual ha desaparecido la liebre, y pienso: pobre suertudo.
Me alejo, dejando atrás al indignado comerciante, que devuelve el Gol y Gol a su lugar de origen.





El asesor de la Academia Literaria de mi colegio (el glorioso Saint George's College de Santiago) era el magallánico Roque Esteban Scarpa, años más tarde Premio Nacional de Literatura. Esta caricatura la hice para la revista anual y, como se ve, ya firmaba como "MATVI". En ella se aprecia a a Don Roque criticando nuestras creaciones literarias, como mi "Liebre".

3 comentarios:

solo sur dijo...

muy buena historia y debes haber sido "jovencito" cuando te ocurrió. Yo también alcancé a andar en eses liebres chicas, si no mal recuerdo eran de color verde y Scarpa : magnífico.

Pamela dijo...

En el dibujo te quedó igualito don Roque. El relato me re encantó. Oye, tu sí que haces de todo un poco y bien! mi admiración va en aumento. Un abrazo desde una mañana soleada y otoñal junto al Río de la Plata

Matvi. dijo...

Beatriz y Pamela:
Me sorprenden con tan lindos comentarios. Son artesanías mías de cuando tenía 17 ó 18 años.
Un abrazo desde esta tierra, en que desde hace tres días no para de llover. Las calles de Punta Arenas están inundadas.

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